Hace unos días sufrí un ataque de pánico.
No lo percibí ni entendí qué lo desencadenó en ese momento. Simplemente, a los pocos minutos de acostarme, me desperté mareado, agitado y un poco desorientado. Sentía una fuerte taquicardia, pero era todo mental; mi corazón estaba perfectamente bien. Tuve la suerte de estar acompañado por mi pareja, quien pudo leer rápidamente la situación e identificar lo que sucedía (lo cual, para ser sincero, me puso todavía más nervioso en el momento, jajaja).
La historia concluye en que pude superar la situación y, sobre todo, logré capitalizar la experiencia. Porque ese episodio no fue una falla: fue una señal y una drástica corrección de rumbo. No fue por debilidad. Fue por exceso. Creía que estaba siendo disciplinado, pero en realidad estaba ignorando por completo mi biología.
El desencadenante
Siempre fui una persona analítica que disfrutaba del “esfuerzo”, quizás por influencia maternal. Mi código de identidad siempre me exigió rendimiento. El problema de la autoexigencia no es malo mientras sea saludable; tengo aspiraciones altas que requieren de mi compromiso, y eso está bien. El error fue que olvidé mi parte biológica.
El ataque de pánico se dio por un cóctel peligroso que acumulé en una sola semana:
- Recuperación de una fuerte gripe (cansancio extremo y alteraciones fisiológicas por la medicación).
- Privación del sueño: no venía durmiendo más de 6 horas diarias (mi empleo tiene horarios rotativos de 8 o 12 horas).
- Sin vacaciones por casi dos años.
- Responsabilidades como padre y esposo, buscando estar presente en familia.
- Construyendo mi casa cuando los tiempos lo permitían.
- Gestión de clientes que pagan por mi habilidad manejando pauta digital (Google Ads).
- El trabajo diario que requiere crear una marca personal.
- Un nuevo curso sobre oratoria.
- Y además… el desgaste mental de intentar controlar cada impulso consciente frente a las distracciones y la dopamina barata.
Todo fue una mala combinación. Tan mala, que mi cuerpo decidió darme un freno de mano.
La verdad incómoda
Durante mucho tiempo pensé que el problema cuando algo salía mal era la falta de disciplina. Pero esta vez fue distinto:
- ❌ No fallé por falta de voluntad.
- ⚠️ Fallé por querer rendir al 100% con mi biología al 40%.
Sostener eso en el tiempo no es disciplina; es presión acumulada. Hay una idea peligrosa dando vueltas en las redes: “Si no estás logrando lo que querés, te falta disciplina”. A veces es cierto, pero muchas otras no. A veces lo que te falta es respetar tu cuerpo. Podés forzarte unos días, pero no podés engañar a tu naturaleza semanas enteras. Buscaba un rendimiento militar cuando mis recursos estaban en mínimos.
Seguramente, si un amigo te pidiera que evalúes su vida, lo harías desde la empatía, destacando sus fortalezas y sus victorias. Pero cuando te evaluás a vos mismo, te encontrás criticando tu accionar, diciéndote que no te esforzás lo suficiente. Empezá a ser tu mejor amigo. Hablate con dirección para reconocer tu esfuerzo.
El sistema para operar en mínimos
Aprendí a no ser tan duro conmigo. En los días donde mi energía está al mínimo, reduzco la exigencia para mantener mi identidad pero sin romperme. No podés pretender dar tu máximo si no dormiste ni 4 horas.
Para solucionar esto, diseñé un sistema de gestión de energía basado en tres estados:
🔴 Días Rojos (Misión: Sobrevivir) Dormiste mal, estás enfermo o saturado. Tu misión hoy no es expandirte, es no romperte.
- Reducí tu disciplina a lo mínimo indispensable para cuidar tu identidad.
- Bajá la exigencia y enfócate en sobrevivir cuidando no más de tres frentes.
- Ejemplo: Leer solo 1 página, escribir 2 líneas, cumplir con tu trabajo y comer decente. Con eso ya ganaste el día.
🟡 Días Amarillos (Misión: Actuar con prudencia) No estás al 100%, pero el cuerpo responde. Tu misión es progresar con inteligencia.
- Hacé lo importante y evitá la sobrecarga.
- Te podés exigir, pero poco. Elegí pocas tareas, pero bien hechas.
🟢 Días Verdes (Misión: Avanzar) Dormiste bien, tenés energía y la biología está a tu favor. Este es tu mejor estado.
- Acá es donde debés apuntar, empujar y exigirte al máximo.
- Es el momento de usar esa energía para crear, construir, expandir y forjar el camino que deseás.
Disciplina vs. Sistema
Te comparto esto porque durante mucho tiempo sentí culpa cuando no rendía. Llegué a creer que no era constante, y ni siquiera era consciente de lo disciplinado que era al seguir rindiendo incluso estando en mínimos.
La disciplina es una herramienta importante, pero no alcanza. Sin un método, la disciplina se transforma en una olla a presión. Y la presión constante solo genera un quiebre.
Lo que necesitás no es más fuerza de voluntad pura; es un desarrollo de sistemas que funcione incluso cuando no estás en tu mejor día. Hoy sigo buscando crecer y mejorar mi negocio, pero ya no desde la exigencia ciega, sino desde la inteligencia estratégica.
Si alguna vez sentiste que no podías con todo y te culpaste por eso, recordá: quizás no te falta disciplina. Quizás te falta un sistema.
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Un saludo, Orgaz Hernán.

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